martes, 30 de agosto de 2011



Queridos padres,

la verdad, hoy los acontecimientos no hacen que esté pletórico, para qué engañarse, pero se trata de que sepáis cómo me va y de que la vida, irremediablemente, ha de seguir, como decía Julio Iglesias poco después de dejar de ser portero del Real Madrid. Por cierto, guapo, Julio Iglesias, y pelazo, en esa época, yo recuerdo que fuimos un año a verle al Parque de Atracciones y grabé un vídeo con la cámara de papá, esa que se me cayó al suelo un día. Bueno, decíamos que se trata de contar lo que pasó.


En primer lugar, se durmió, y muchísimo. No como si fueran a prohibirlo por decreto de ley, pero casi. A eso de las 7 me levanté a hacer unos recados y, a la vuelta, a eso de las 8, me dio por tumbarme un rato a ver si cogía el sueño. Lo cogí, lo atenacé y no lo solté hasta las doce de la mañana, que Plaza ya tenía miedo de que nos hubiera pasado algo. Él duerme menos y le parece de mala educación que nos recochineemos sobando hasta las mil.


Con el paso cambiado vimos un poco del atletismo en televisión y, después, a comer. Fuimos a un japonés de todo a cien. Barato, sí, y con el grano de arroz muy suelto, lo que al final hace que acabes tomando sopa de soja con arroz. Pero vamos, que nos dimos un mediano homenaje. Allí no servían cerveza, así que fuimos al garito de enfrente, agarramos dos latas (la birra de aquí es de 4,5 grados, muy suavecita) y nos las trajimos al sitio original. Aquí no se ponen nerviosos ni nada de eso, ni te echan, lo ven como normal, de hecho, en el momento en el que entras eres un cliente. Postre, más bien poco, en muchos te sueltan la cuenta nada más servirte, no vaya a ser que te dé por largarte.


Tras el sushi y el maki (madre, pescado crudo con arroz envuelto en algas) ala, de nuevo al hotel. Quince minutos rápidos para acicalarnos y al estadio, que la jornada de hoy promete. Allí nos encontramos con nuestro fotógrafo (padre, para que luego digas), un tipo sensacional que se llama Miguélez y nos pasa cada día un resumen de la jornada en 4 o 5 instantáneas. A base de bien. Departimos (madre, hablamos) con él durante unos 30 minutos y nos subimos para ver las competiciones. Hoy no hay gran cosa, bueno, corre Oscar Pistorius, un tipo al que le amputaron las dos piernas y corre con una especie de resortes la prueba de 400m (una vuelta a la pista lo más rápido posible, como cuando papá me intentaba agarrar con la zapatilla). El pobre ha quedado último, pero la gente le ha aplaudido igual, que aquí los coreanos son mucho de sentimentalismos.


Después ha llegado la polémica de la jornada. No os voy a aburrir, dos corrían juntos saltando vallas (como la de la finca del tío Tomás donde nos colábamos a robar moras) y uno, negro y cubano, le ha dado al otro, chino, en la mano, que se ha trastabillado y no ha podido ganar. Así que racismo, no había. Pero como el cubano era más grande, le han dicho que pida perdón y lo han descalificado, que parece que su armario iba lleno de medallas ya. Ergo (padre, entonces) los cubanos se han enfadado y han hecho básicamente lo mismo que hacen cuando se alegran: beber cerveza y blasfemar.


En el autobús de regreso al hotel a Alberto le ha entrado la premonición de que quería atiborrarse de helado del Baskin Robbins (el de los 31 sabores ese del Paseo Marítimo de Calpe). Pero, hete aquí que cuando hemos ido a llegar eran ya las 23:50, y el Baskin Robbins tiene a bien cerrar sus puertas a las 23:40. Alberto ha blasfemado y se ha comprado, en su lugar, una tarrina de medio kilo de helado de vainilla de Snickers, mientras Plaza y yo nos tomábamos una especie de sandwich en un sitio como francés-coreano, cerca del único Starbucks que hemos visto aquí.


Luego ha llegado una llamada que no queríamos recibir y nos hemos puesto un poco tristes, todo sea dicho. Después he dado vueltas en la cama hasta las 3 y media de la mañana, y he conseguido dormir. He pensado mucho en muchas cosas. Una de ellas, que os quiero mucho y mi único miedo es que un día os pase algo (toma cambio de tono de este blog en una línea), pero no por ello he de estar triste, sino vivir la ida y aprovechados al máximo, así como al resto de la gente a la que quiero y me quieren.


Ah, y se suda un montón en Corea. Sigo sin arroparme pero a la mínima de cambio aparece la almohada empapadita (y eso que me corté el pelo antes de venir). Sea como fuere, se os extraña.


Un beso de vuestro hijo que os quiere,

Maikel


PD - He leído vuestros comentarios del tirón. Tengo que leerlos tranquilamente para contestados, pero tengo la mandíbula y los dedos desencajados de tanto reírme. Sois geniales ;-)


3 comentarios:

  1. Perdone, caballero, me he equivocado de parada, me he bajado antes de tiempo y ahora tengo un rato y nada que hacer. ¿Le importa si le acompaño estos días hasta donde usted quiera ir (incluso cuando salga a correr)? Le aseguro que le haré sentir bien.




    Fdo:
    Su Sonrisa.

    ResponderEliminar
  2. Hijo, soy mamá.

    Tu padre me ha contado que estás triste... y me ha dicho también dónde estás (sobre eso ya hablaremos).
    Ahora sonríe... sonríe mucho... que como decía la carpeta de tu prima adolescente Susanita “Sonríe, que nunca sabes quién se puede enamorar de tu sonrisa” (¡¡¡pero a mi no me traigas una coreata a casa!!!).

    Un abrazo con un beso de tus padres que te adoran.

    Mamá.

    PD – Tráeme, entonces, un huevo Kinder de Daegu, anda.

    ResponderEliminar
  3. Que sean dos.
    Coreatas. Digo, huevos Kinder.


    Tu padre.

    ResponderEliminar